miércoles, 28 de abril de 2010

Sensualidad de seda


Conocía a Aura desde aquella fiesta insulsa. Llevaba un vestido transparente. Sus senos duros aún podían verse en la semipenumbra del castillo que su marido había comprado.
Trataba de observar a través del ventanuco sin cristales el mar y transportarse con la imaginación a aquellas épocas de vigilancia ante posibles invasiones .

Pero la seda miel transparente lo sustraía de cualquier juego para pasar la noche, en la que Mabel parecía estar gozando junto a un viejo con bigotes largos y un dandy trasnochado.

Un paso ligero y una brisa de Chanel golpearon su pecho con algo más que latidos. Su figura ligera se quedó junto a él con una copa que parecía de brandy. No quería moverse. Romper el hechizo de la cercanía. La voz se le antojó a sincronía con el resto: ¿Estás poseído por los piratas? Esbozó la pregunta con una sonrisa y con el descuido de una gracia. Él sólo pudo responder tratando de seguirle el tono: creo que acaba de aparecer uno… Hum, continuó ella el juego ¿Tienes algún tesoro escondido?

El piso de “soltera” que estaba en la zona residencial, rico y femenino, daba la sensación al principio de romper la hechicería que creaban sus ojos jarabe y su mirada mezcla de melaza y lubricidad. El juego consistía en ese velo que cubría los senos. Las manos se combinaban con el tejido, las formas y la consistencia. Un sillón Luis XV era el primer paso a la odisea impúdica de los sentidos posteriores. Ella se acercaba palmo a palmo. Escrutada por una mirada ávida y erudita. Ya sobre las piernas, la libertad de tantear, el regocijo del contacto por debajo de la seda. La fricción caliente en la dureza viva; el vigor mimando la dermis almizclada.

El anochecer se aletargaba más en las formas sin descomponer. Pasión regocijada en cada escondrijo. Lento. Sin prisas.

Un reloj antiguo rompía el imán: Debo irme. La cena es estricta. Y los labios en silencio parecían tener la forma de un vamos a quedarnos así para siempre. Pero el agua y el jabón terminaban con los últimos efectos oníricos.

Después supo que no era el reloj el que acababa la gesta. Sino un ventanuco con cortina que marcaba, al cerrarse con ésta, el final del juego.