lunes, 24 de mayo de 2010

Sexo... Fiebre...


Se levantó y sin darse cuenta al pasar por el espejo, comenzó a verse otra vez y es que llevaba tiempo desaparecido de su vida.

Se había desarticulado con las manos de ella que se afanaban siempre en desnudar sus lugares sombreados desparramándose en la pupila dilatada, detectando el talle, los senos, el desnudo elástico y plástico. Era un rotundo asalto en el suelo, sobre la hierba o la tierra con la espalda arqueada y el fuego… Un sacrilegio de cuerpos ardiendo en las entrañas. Entrando…

Así se fue perdiendo. No se reconocía en las horas que el sueño dejaba de serlo, se desprendía de escenas que le gritaban somos reales.

Entonces se sorprendió cuando el espejo lo fue reflejando. No era un fantasma.
No era infierno aunque ella lo quemaba. Fue a la cocina, bebió agua y podía sentir el vapor de su perfume a medida que se enfriaba. Así empezó a verla. Sin el deseo consumiendo carne, sin asfixia. Ella se iba transformando en mujer y el gozo de que toda la vida volviera a surgir envolviéndolos, arropándolos con actos y secuencias; con el dolor y la euforia, con los apremios. Integrados.

Regresó a la habitación. Ella dormía y la percibía durmiendo, puso la boca en su boca para saborear el suave vaho sonámbulo. Cubrió con la pierna la cintura y fue se yendo despacio en la noche acariciando su pelo.